29 abril 2017


Si algo bueno tiene ir cumpliendo años es, precisamente, poder dar testimonio de ese largo tiempo vivido. Y si, encima, gran parte de ese tiempo lo has dedicado a la imagen, pues el testimonio puede verse incrementado con ese plus que supone el contraste, la posibilidad de comparación en el tiempo. En la primera imagen aparece mi primo Antonio Ballester en septiembre de 1976; en la segunda, en febrero de 2017, es decir, más de cuarenta años después. Dos tiempos, dos momentos personales diferentes y, sin embargo, una misma y sólida identidad personal y artística. Antonio, para redondear la faena nos falta la tercera. Vamos a por ella, no queda otra.

28 abril 2017

En 1979, aproximadamente un año antes de las fotos en el solar, le había pedido a Miguel que viniera con Paloma a mi casa para hacerle unos retratos y aceptó. Claro, en esa sesión fue Paloma la verdadera protagonista, seguramente algo que ya traían pactado entre los dos.

27 abril 2017



Miguel y Paloma en febrero de 1980. Miguel fue el último tartanero de Murcia, pero a principios de los setenta, cuando ya casi nadie utilizaba ese método de transporte, lo abandonó y se dedicó a ser vigilante de coches en diversos solares del barrio de San Juan. En su tartana siempre iba acompañado de su su perra Paloma y con ella siguió cuando cambió de negocio. Poco tiempo después de estas fotos, me enteré que un día apareció muerto sobre su cama, aunque nunca supe del destino de Paloma, su eterna compañera y amiga.

25 abril 2017


Pero como las sorpresas nunca vienen solas, un poco más adelante veo al borde del camino una mancha de aceite con unas cacas de perro encima. Me fui rápido a casa, recorté unos ojos de papel y me volví a redondear lo que por otra parte era inevitable ver: una cara cualquiera con unos bigotes de mierda.

24 abril 2017


Eran diminutos, acaso de un centímetro, o centímetro y medio, por lo que después de verlos tuve que retroceder algunos pasos para comprobar que se trataban de los despojos de una pequeña lagartija sobre el asfalto. Al arrodillarme y acercar la lente de mi cámara, también descubrí los increíbles colores que tenía. Una vez más me fui pensando en los infinitos mundos que nos habitan y, claro, en que esa lagartija también era un poco -o mucho- yo mismo.